Solo clásicos es mi sueño hecho realidad, con el compromiso por mostrar y conservar lo auténtico y popular de la música vallenata. esta vez, acompañado de grandes artistas, compositores, pioneros y constructores de las notas musicales del vallenato...
domingo, 27 de enero de 2019
domingo, 29 de julio de 2018
El Libro sagrado de los Mayas
El Popol Vuh
(o "Libro del Indígena Quiché")
“Si haces lo que siempre has hecho nunca llegarás más allá de donde
siempre has llegado…”
PREÁMBULO
Este es el principio de la antiguas historias de este lugar llamado
Quiché. Aquí escribiremos y comenzaremos las antiguas historias, el
principio y origen de todo lo que se hizo en la ciudad de Quiché, por las
tribus de la nación quiché.
Y aquí traeremos la manifestación, la publicación y la narración de lo
que estaba oculto, la revelación por Tzacol, Bitol, Alom, Qaholom, que
se llaman Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú, Zaqui-Nimá-Tziís, Tepeu,
Gucumatz, u Qux Cho, u Qux Paló, Ah Raxá Lac, Ah Raxá Tzel, así
llamados. Y [al mismo tiempo] la declaración, la narración conjuntas de
la Abuela y el Abuelo cuyos nombres son Ixpiyacoc e Ixmucané,
amparadores y protectores, dos veces abuela, dos veces abuelo, así
llamados en las historias quichés, cuando contaban todo lo que
hicieron en el principio de la vida, el principio de la historia.
Esto lo escribiremos ya dentro de la ley de Dios, en el Cristianismo, lo
sacaremos a luz, porque ya no se ve el Popo Vuh, así llamado, donde se
veía claramente la venida del otro lado del mar, la narración de nuestra
oscuridad, y se veía claramente la vida.
Existía el libro original, escrito antiguamente, pero su vista está oculta
al investigador y al pensador. Grande era la descripción y el relato de
cómo se acabó de formar todo el cielo y la tierra, cómo fue formado y
repartido en cuatro partes, cómo fue señalado y el cielo fue medido y se
trajo la cuerda de medir y fue extendida en el cielo y en la tierra, en los
cuatro ángulos, en los cuatro rincones, como fue dicho por el Creador y
el Formador, la madre y el padre de la vida, de todo lo creado, el que da
la respiración y el pensamiento, la que da a luz a los hijos, el que vela
por la felicidad de los pueblos, la felicidad del linaje humano, el sabio, el
que medita en la bondad de todo lo que existe en el cielo, en la tierra, en
los lagos y en el mar.
Notas de Henrry Williams y colaboración on-line Adrián Recinos:
Tzacol, Bitol, el Creador y el Formador
Alom, la diosa madre, la que concibe los hijos, de al, hijo, alán, dar a
luz. Qaholom, el dios padre que engendra los hijos, de qahol, hijo del
padre, qaholaj, engendrar. Madre y padre los llama Ximénez; son el
Gran Padre y la Gran Madre, así llamados por los indios, según refiere
Las Casas, y que estaban en el cielo.
Hunahpú-Vuch, un cazador vulpeja o tacuazín (Opposum), dios del
amanecer; vuch es el momento que precede al amanecer. Hunahpú-
Vuch, es la divinidad en potencia femenina, según Seler. Hunahpú-
Utiú, un cazador coyote, variedad de lobo (Canis latrans), dios de la
noche, en potencia masculina;
Zaqui-Nimá-Tziís, Gran pisote blanco (Nasua nasica) o coatí, encanecido
por la edad, diosa madre; y su consorte Nim-Ac, Gran cerdo montés, o
jabalí, ausente en este lugar por una omisión mecánica, pero invocado
en el capítulo siguiente;
Tepeu, el rey o soberano, del náhualt Tepeuh, tepeuani, que Molina
traduce por conquistador o vencedor en batalla; ah tepeual entre los
mayas , quienes lo tomaron igualmente de los mexicanos. Gucumatz,
serpiente cubierta de plumas verdes, de guc, en maya, kuk, plumas
verdes, quetzal por antonomasia, y cumatz, serpiente; es la versión
quiché de Kukulkán, el nombre maya de Quetzalcóatl, el rey tolteca,
conquistador, civilizador y dios de Yucatán durante el período del Nuevo
Imperio Maya. El fuerte colorido mexicano de la religión de los quichés
se refleja en esta pareja creadora que continúa siendo evocada a través
del libro hasta que la divinidad toma forma corporal en Tohil, a quien
en la Tercera Parte se identifica expresamente con Quetzalcóatl;
U Qux Cho, el corazón o el espíritu de la laguna. U Qux Paló, el corazón
o el espíritu del mar. Ya se verá que a la divinidad la llamaban también
el Corazón del Cielo, u Qux Cah;
Ah Raxá Lac, el Señor del verde plato, o sea la tierra; Ah Raxá Tzel, el
Señor de la jícara verde o del cajete azul, como dice Ximénez, o sea el
cielo.
El nombre Hunahpú ha sido objeto de muchas interpretaciones.
Literalmente significa un cazador con cerbatana, un tirador;
etimológicamente es eso mismo y es vocablo de la lengua maya, ahpú
en maya es cazador, y ah ppuh ob, forma de plural, son los monteros
que van a la caza, según el Diccionario de Motul. Es evidente, sin
embargo, que los quichés debían tener alguna razón más plausible que
esta etimología para dar ese nombre a la divinidad. El cazador en los
tiempos primitivos era un personaje muy importante; el pueblo vivía de
la caza y de los frutos espontáneos de la tierra antes de la invención de
la agricultura. Hunahpú sería, en consecuencia, el cazador universal,
que proveía al hombre de su sustento; hun tiene también en maya la
acepción de general y universal. Pero posiblemente los quichés que
descendían directamente de los mayas, quisieron reproducir en el
nombre Hunahpú el sonido de la palabra maya Hunab Ku, "el único
dios", que servían para designar al dios principal del panteón maya, que
no podía representarse materialmente, por ser incorpóreo. La pintura de
un cazador podría haber servido en los tiempos antiguos para
representar el fonema Hunab Ku que encerraba una idea abstracta, la
de un ser espiritual y divino. El procedimiento es común en la escritura
pictográfica precolombina. Hunahpú es también el nombre del vigésimo
día del calendario quiché, el día más venerado de los antiguos,
equivalente al maya Ahau, señor o jefe, y al náhualt Xóchitl, flor y sol,
símbolo del dios sol o Tonatiuh.
Ixpiyaco e Ixmucané, el viejo y la vieja (en maya ixnuc es vieja),
equivalentes de los dioses mexicanos Cipactonal y Oxomoco, los sabios
que según la leyenda tolteca inventaron la astrología judiciaria y
compusieron la cuenta de los tiempos, o sea el calendario.
Primera Parte
Capítulo Primero
Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en
silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo.
Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un
hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras,
cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.
No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el
cielo en toda su extensión.
No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar
apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia.
Solamente había inmovilidad y silencio en la obscuridad, en la noche.
Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores,
estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas
verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de
grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y
también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así
contaban.
Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en
la obscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz.
Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de
acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.
Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando
amaneciera debía aparecer el hombre.
Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los
bejucos y el nacimiento de la vida y la creación del hombre. Se dispuso
así en las tinieblas y en la noche por el Corazón del Cielo, que se llama
Huracán.
El primero se llama Caculhá-Huracán. El segundo es Chipi-Caculhá. El
tercero es Raxá-Caculhá. Y estos tres son el Corazón del Cielo.
Entonces vinieron juntos Tepeu y Gucumatz; entonces conferenciaron
sobre la vida y la claridad, cómo se hará para que aclare y amanezca,
quién será el que produzca el alimento y el sustento.
-- ¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y
desocupe [el espacio], que surja la tierra y que se afirme! Así dijeron.
¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni
grandeza en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura
humana, el hombre formado. Así dijeron.
Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la
creación de la tierra: -- ¡Tierra! -- dijeron, y al instante fue hecha.
Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación,
cuando surgieron del agua las montanas; y al instante crecieron las
montañas.
Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación
de las montañas y los valles; y al instante brotaron juntos los cipresales
y pinares en la superficie.
Y así se llenó de alegría Gucumatz, diciendo : -- ¡Buena ha sido tu
venida, Corazón del Cielo; tú, Huracán, y tú, Chipi-Caculhá, Raxá-
Caculhá!
-- Nuestra obra, nuestra creación será terminada -- contestaron.
Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron
las corrientes de agua, los arroyos se fueron corriendo libremente entre
los cerros, y las aguas quedaron separadas cuando aparecieron las
altas montañas.
Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del
Cielo, el Corazón de la Tierra, que así son llamados los que primero la
fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba
sumergida dentro del agua.
De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de
pensar y meditar sobre su feliz terminación.
Capítulo II
Luego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de
todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros,
leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles [víboras], guardianes de los
bejucos.
Y dijeron los Progenitores: -- ¿Sólo silencio e inmovilidad habrá bajo los
árboles y los bejucos? Conviene que en lo sucesivo haya quien los
guarde.
Asi dijeron cuando meditaron y hablaron en seguida. Al punto fueron
creados los venados y las aves. En seguida les repartieron sus moradas
a los venados y a las aves.
-- Tú, venado, dormirás en la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí
estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque os
multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os sostendréis-- . Y así como se
dijo, se hizo.
Luego designaron también su morada a los pájaros pequeños y a las
aves mayores:
-- Vosotros, pájaros, habitaréis sobre los árboles y los bejucos, allí
haréis vuestros nidos, allí os multiplicaréis, allí os sacudiréis en las
ramas de los árboles y de los bejucos --. Así les fue dicho a los venados
y a los pájaros para que hicieran lo que debían hacer, y todos tomaron
sus habitaciones y sus nidos.
De esta manera los Progenitores les dieron sus habitaciones a los
animales de la tierra. Y estando terminada la creación de todos los
cuadrúpedos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y pájaros por el
Creador y el Formador y los Progenitores:
-- Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra
especie, según la variedad de cada uno -- . Así les fue dicho a los
venados, los pájaros, leones, tigres y serpientes.
-- Decid, pues, vuestros nombres, alabadnos a nosotros, vuestra madre,
vuestro padre. ¡Invocad, pues, a Huracán, Chipi-Calculhá, Raxa-
Calculhá, el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, el Creador, el
Formador, los Progenitores; hablad, invocadnos, adoradnos! -- les
dijeron.
Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo
chillaban, cacareaban y gramaban; no se manifestó la forma de su
lenguaje, y cada uno gritaba de manera diferente.
Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que
hablaran, se dijeron entre sí : -- No ha sido posible que ellos digan
nuestro nombre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no
está bien --, dijeron entre sí los Progenitores.
Entonces se les dijo : -- Seréis cambiados porque no se ha conseguido
que habléis. Hemos cambiado de parecer : vuestro alimento, vuestra
pastura, vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis, serán los
barrancos y los bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis
ni nos invoquéis. Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros
[seres] que sean obedientes. Vosotros aceptad vuestro destino: vuestras
carnes serán trituradas. Así será. Esta será vuestra suerte--. Así dijeron
cuando hicieron saber su voluntad a los animales pequenos y grandes
que hay sobre la faz de la tierra.
Luego quisieron probar suerte nuevamente; quisieron hacer otra
tentativa y quisieron probar de nuevo a que los adoraran.
Pero no pudieron entender su lenguaje entre ellos mismos, nada
pudieron conseguir y nada pudieron hacer. Por esta razón fueron
inmoladas sus carnes y fueron condenados a ser comidos y matados los
animales que existen sobre la faz de la tierra.
Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al
hombre por el Creador, el Formador y los Progenitores.
-- ¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la aurora; hagamos al
que nos sustentará y alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados,
para ser recordados sobre la tierra? Ya hemos probado con nuestras
primeras obras, nuestras primeras criaturas; pero no se pudo lograr
que fuésemos alabados y venerados por ellos. Probemos ahora a hacer
unos seres obedientes, respetuosos, que nos sustenten y alimenten -- .
Así dijeron.
Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lodo hicieron la
carne [del hombre]. Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía,
estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba
aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada
la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía
entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se
pudo sostener.
Y dijeron el Creador y el Formador: -- Bien se ve que no podía andar ni
multiplicarse. Que se haga una consulta acerca de esto, dijeron.
Entonces desbarataron y deshicieron su obra y su creación. Y en
seguida dijeron: -- ¿Cómo haremos para perfeccionar, para que salgan
bien nuestros adoradores, nuestros invocadores?-- Así dijeron cuando
de nuevo consultaron entre sí.
-- Digámosles a Ixpiyacoc, Ixmucané, Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú :
¡Probad suerte otra vez! ¡Probad a hacer la creación! -- Así dijeron entre
sí el Creador y el Formador cuando hablaron a Ixpiyacoc e Ixmucané.
En seguida les hablaron a aquellos adivinos, la abuela del día, la abuela
del alba, que así eran llamados por el Creador y el Formador, y cuyos
nombres eran Ixpiyacoc e Ixmucané.
Y dijeron Huracán, Tepeu y Gucumatz cuando le hablaron al agorero, al
formador, que son los adivinos: -- Hay que reunirse y encontrar los
medios para que el hombre que vamos a crear nos sostenga y alimente,
nos invoque y se acuerde de nosotros.
-- Entrad, pues, en consulta, abuela, abuelo, nuestra abuela, nuestro
abuelo, Ixpiyacoc, Ixmucané, haced que aclare, que amanezca, que
seamos invocados, que seamos adorados, que seamos recordados por el
hombre creado, por el hombre formado, por el hombre mortal, haced
que así se haga.
-- Dad a conocer vuestra naturaleza, Hunaphú-Vuch, Hunahpú-Utiú,
dos veces madre, dos veces padre, Nim-Ac, Nimá-Tziís, el Señor de la
esmeralda, el joyero, el escultor, el tallador, el Señor de los hermosos
platos, el Señor de la verde jícara, el maestro de la resina, el maestro
Toltecat, la abuela del sol, la abuela del alba, que así seréis llamados
por nuestras obras y nuestras criaturas.
-- Echad la suerte con vuestros granos de maíz y de tzité. Hágase así y
se sabrá y resultará si labraremos o tallaremos su boca y sus ojos en
madera--. Así les fue dicho a los adivinos.
A continuación vino la adivinación, la echada de la suerte con el maíz y
el tzité. ¡Suerte! ¡Criatura!, les dijeron entonces una vieja y un viejo. Y
este viejo era el de las suertes del tzité, el llamado Ixpiyacoc. Y la vieja
era la adivina, la formadora, que se llamaba Chiracán Ixmucané.
Y comenzando la adivinación, dijeron así: -- ¡Juntaos, acoplaos!
¡Hablad, que os oigamos, decid, declarad si conviene que se junte la
madera y que sea labrada por el Creador y el Formador, y si éste [el
hombre de madera] es el que nos ha de sustentar y alimentar cuando
aclare, cuando amanezca!
Tú, maíz; tú, tzité; tú, suerte; tú, criatura; ¡uníos, ayuntaos! les dijeron
al maíz, al tzité, a la suerte, a la criatura. ¡Ven a sacrificar aquí,
Corazón del Cielo; no castiguéis a Tepeu y Gucumatz!
Entonces hablaron y dijeron la verdad : -- Buenos saldrán vuestros
muñecos hechos de madera; hablarán y conversarán vuestros muñecos
hechos de madera, hablarán y conversarán sobre la faz de la tierra.
-- ¡Así sea! -- contestaron, cuando hablaron.
Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se
parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie
de la tierra.
Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos
de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su
Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas.
Ya no se acordaban del Corazón del Cielo y por eso cayeron en
desgracia. Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres.
Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos
no tenían consistencia; no tenían sangre, ni substancia, ni humedad, ni
gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos, y
amarillas sus carnes. Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni
en el Formador, en los que les daban el ser y cuidaban de ellos.
Estos fueron los primeros hombres que en gran número existieron
sobre la faz de la tierra.
Capítulo III
En seguida fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de
palo, recibieron la muerte.
Una inundación fue producida por el Corazón del Cielo; un gran diluvio
se formó, que cayó sobre las cabezas de los muñecos de palo.
De tzité se hizo la carne del hombre, pero cuando la mujer fue labrada
por el Creador y el Formador, se hizo de espadaña la carne de la mujer.
Estos materiales quisieron el Creador y el Formador que entraran en su
composición.
Pero no pensaban, no hablaban con su Creador, su Formador, que los
habían hecho, que los habían creado. Y por esta razón fueron muertos,
fueron anegados. Una resina abundante vino del cielo. El llamado
Xecotcovach llegó y les vació los ojos; Camalotz vino a cortarles la
cabeza; y vino Cotzbalam y les devoró las carnes. El Tucumbalam llegó
también y les quebró y magulló los huesos y los nervios, les molió y
desmoronó los huesos.
Y esto fue para castigarlos porque no habían pensado en su madre, ni
en su padre, el Corazón del Cielo, llamado Huracán. Y por este motivo
se obscureció la faz de la tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia
de día, una lluvia de noche.
Llegaron entonces los animales pequenos, los animales grandes, y los
palos y las piedras les golpearon las caras. Y se pusieron todos a
hablar; sus tinajas, sus comales, sus platos, sus ollas, sus perros, sus
piedras de moler, todos se levantaron y les golpearon las caras.
-- Mucho mal nos hacíais; nos comíais, y nosotros ahora os
morderemos -- les dijeron sus perros y sus aves de corral.
Y las piedras de moler: -- Eramos atormentadas por vosotros; cada día,
cada día, de noche, al amanecer, todo el tiempo hacían holi, holi, huqui,
huqui nuestras caras, a causa de vosotros. Este era el tributo que os
pagábamos. Pero ahora que habéis dejado de ser hombres probaréis
nuestras fuerzas. Moleremos y reduciremos a polvo vuestras carnes, les
dijeron sus piedras de moler.
Y he aquí que sus perros hablaron y les dijeron : -- ¿Por qué no nos
dabais nuestra comida? Apenas estábamos mirando y ya nos arrojabais
de vuestro lado y nos echabais fuera. Siempre teníais listo un palo para
pegarnos mientras comíais.
Así era como nos tratabais. Nosotros no podíamos hablar. Quizás no os
diéramos muerte ahora; pero ¿por qué no reflexionabais, por qué no
pensabais en vosotros mismos? Ahora nosotros os destruiremos, ahora
probaréis vosotros los dientes que hay en nuestra boca: os
devoraremos, dijeron los perros, y luego les destrozaron las caras.
Y a su vez sus comales, sus ollas les hablaron así : -- Dolor y
sufrimiento nos causabais. Nuestra boca y nuestras caras estaban
tiznadas, siempre estábamos puestos sobre el fuego y nos quemabais
como si no sintiéramos dolor. Ahora probaréis vosotros, os quemaremos
-- dijeron sus ollas, y todos les destrozaron las caras. Las piedras del
hogar que estaban amontonadas, se arrojaron directamente desde el
fuego contra sus cabezas causándoles dolor.
Desesperados corrían de un lado para otro; querían subirse sobre las
casas y las casas se caían y los arrojaban al suelo; querían subirse
sobre los árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos; querían entrar a
las cavernas y las cavernas se cerraban ante ellos.
Así fue la ruina de los hombres que habían sido creados y formados, de
los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados: a todos les
fueron destrozadas las bocas y las caras.
Y dicen que la descendencia de aquellos son los monos que existen
ahora en los bosques; éstos son la muestra de aquellos, porque sólo de
palo fue hecha su carne por el Creador y el Formador.
Y por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una
generación de hombres creados, de hombres formados que eran
solamente muñecos y hechos solamente de madera.
Segunda Parte
Capítulo X
(...)
Dijo entonces Ixbalamqué a Hunahpú: -¿Comenzará ya a amanecer?
mira tú.
-Tal vez sí, voy a ver, contestó éste.
Y como tenía muchas ganas de ver afuera de la boca de la cerbatana y
quería ver si había amanecido, al instante le cortó la cabeza Camazotz y
el cuerpo de Hunahpú quedó decapitado.
Nuevamente preguntó lxbalanqué: -¿No ha amanecido todavía? Pero
Hunahpú no se movía. -¿A dónde ha ido Hunahpú? ¿Qué es lo que has
hecho? Pero no se movía, y permanecía callado.
Entonces se sintió avergonzado lxbalanqué y exclamó: -¡Desgraciados
de nosotros! Estamos completamente vencidos.
Fueron en seguida a colgar la cabeza sobre el juego de pelota por orden
expresa de Hun-Camé y Vucub-Camé, y todos los de Xibalba se
regocijaron por lo que le había sucedido a la cabeza de Hunahpú.
Capítulo XI
En seguida llamó lxbalanqué a todos los animales, al pisote, al jabalí, a
todos los animales pequeños y grandes, durante la noche, y a la
madrugada les preguntó cuál era su comida.
-¿Cuál es la comida de cada uno de vosotros? pues yo os he llamado
para que escojáis vuestra comida, les dijo lxbalanqué.
-Muy bien, contestaron. Y en seguida se fueron a tomar cada uno lo
suyo, y se marcharon todos juntos. Unos fueron a tomar las cosas
podridas; otros fueron a coger hierbas; otros fueron a recoger piedras.
Otros fueron a recoger tierra. Variadas eran las comidas de los animales
pequeños y de los animales grandes.
Detrás de ellos se había quedado la tortuga, la cual llegó contoneándose
a tomar su comida. Y llegando al extremo del cuerpo tomó la forma de
la cabeza de Hunahpú, y al instante le fueron labrados los ojos.
Muchos sabios vinieron entonces del cielo. El Corazón del Cielo,
Huracán, vinieron a cernerse sobre la Casa de los Murciélagos.
Y no fue fácil acabar de hacerle la cara, pero salió muy buena; la
cabellera también tenía una hermosa apariencia, y asimismo pudo
hablar.
Pero como ya quería amanecer y el horizonte se teñía de rojo. --oscurece
de nuevo, viejo!, le fue dicho al zopilote.
-Está bien, contestó el viejo, y al instante oscureció el viejo. "Ya
oscureció el zopilote", dice ahora la gente.
Y así, durante la frescura del amanecer, comenzó su existencia.
-¿Estará bien?, dijeron. ¿Saldrá parecido a Hunahpú?
-Está muy bien, contestaron. Y efectivamente, parecía de hueso la
cabeza, se había transformado en una cabeza verdadera.
Luego hablaron entre sí y se pusieron de acuerdo:
-No juegues tú a la pelota; haz únicamente como que juegas yo sólo lo
haré todo, le dijo Ixbalanqué.
En seguida le dio sus órdenes a un conejo:
-Anda a colocarte sobre el juego de pelota, quédate allí entre el encinal,
le fue dicho al conejo cuando se le dieron estas instrucciones durante la
noche.
En seguida amaneció y los dos muchachos estaban buenos y sanos.
Luego bajaron a jugar a la pelota. La cabeza de Hunahpú estaba
colgada sobre el juego de pelota.
-¡Hemos triunfado! ¡Habéis labrado vuestra propia ruina; ¡os habéis
entregado! les decían. De esta manera provocaban a Hunahpú.
-Pégale a la cabeza con la pelota, le decían. Pero no lo molestaban con
esto, él no se daba por entendido.
Luego arrojaron la pelota los Señores de Xibalba. lxbalanqué le salió al
encuentro; la pelota iba derecho al anillo, pero se detuvo, rebotando,
pasó rápidamente por encima del juego de pelota y de un salto se dirigió
hasta el encinal.
El conejo salió al instante y se fue saltando; y los de Xibalba corrían
persiguiéndolo. Iban haciendo ruido y gritando tras el conejo. Acabaron
por irse todos los de Xibalba.
En seguida se apoderó Ixbalanqué de la cabeza de Hunahpú; se llevó de
nuevo la tortuga y fue a colocarla sobre el juego de pelota. Y aquella
cabeza era verdaderamente la cabeza de Hunahpú y los dos muchachos
se pusieron muy contentos.
Fueron, pues, los de Xibalba a buscar la pelota y habiéndola
encontrado entre las encinas, los llamaron, diciendo:
-Venid acá. Aquí está la pelota, nosotros la encontramos, dijeron, y la
tenían colgando.
Cuando regresaron los de Xibalba exclamaron. -¿Qué es lo que vemos?
Luego comenzaron nuevamente a jugar. Tantos iguales hicieron por
ambas partes.
En seguida lxbalanqué le lanzó una piedra a la tortuga; ésta se vino al
suelo y cayó en el patio del juego de pelota hecha mil pedazos como
pepitas, delante de los Señores.
-¿Quién de vosotros irá a buscarla? ¿Dónde está el que irá a traerla?
dijeron los de Xibalba.
Y así fueron vencidos los señores de Xibalba por Hunahpú e
Ixbalanqué. Grandes trabajos pasaron éstos, pero no murieron, a pesar
de todo lo que les hicieron.
Tercera Parte
Capítulo I
He aquí, pues, el principio de cuando se dispuso hacer al hombre, y
cuando se buscó lo que debía entrar en la carne del hombre.
Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores, que se llaman
Tepeu y Gucumatz: "Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se
termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar, y nutrir,
los hijos esclarecidos, los vasallos civilizados; que aparezca el hombre,
la humanidad, sobre la superficie de la tierra." Así dijeron.
Se juntaron, llegaron y celebraron consejo en la oscuridad y en la
noche; luego buscaron y discutieron, y aquí reflexionaron y pensaron.
De esta manera salieron a luz claramente sus decisiones y encontraron
y descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre.
Poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre los
Creadores y Formadores.
De Paxil, de Cayalá, así llamados, vinieron las mazorcas amarillas y las
mazorcas blancas.
Estos son los nombres de los animales que trajeron la comida: Yac [el
gato de monte], Utiú [el coyote], Quel [una cotorra vulgarmente llamada
chocoyo] y Hoh [el cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la noticia
de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que
fueran a Paxil y les enseñaron el camino de Paxil.
Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la carne del
hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo
la sangre del hombre. Así entró el maíz [en la formación del hombre] por
obra de los Progenitores.
Y de esta manera se llenaron de alegría, porque habían descubierto una
hermosa tierra, llena de deleites, abundante en mazorcas amarillas y
mazorcas blancas y abundante también en pataxte y cacao, y en
innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel.
Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel pueblo llamado de
Paxil y Cayalá.
Había alimentos de todas clases, alimentos pequeños y grandes, plantas
pequeñas y plantas grandes. Los animales enseñaron el camino. Y
moliendo entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, hizo
Ixmucané nueve bebidas, y de este alimento provinieron la fuerza y la
gordura y con él crearon los músculos y el vigor del hombre. Esto
hicieron los Progenitores, Tepeu y Gucumatz, así llamados.
A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación
de nuestra primera madre y padre. De maíz amarillo y de maíz blanco
se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas
del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros
padres, los cuatro hombres que fueron creados.
Capítulo II
Estos son los nombres de los primeros hombres que fueron creados y
formados: el primer hombre fue Balam-Quitzé, el segundo Balam-Acab,
el tercero Mahucutah y el cuarto Iqui-Balam.
Estos son los nombres de nuestras primeras madres y padres.
Se dice que ellos sólo fueron hechos y formados, no tuvieron madre, no
tuvieron padre. Solamente se les llamaba varones. No nacieron de
mujer, ni fueron engendrados por el Creador y el Formador, por los
progenitores. Sólo por un prodigio, por obra de encantarniento fueron
creados y formados por el Creador, el Formador, los Progenitores, Tepeu
y Gucumatz. Y como tenían la apariencia de hombres, hombres fueron;
hablaron, conversaron, vieron y oyeron, anduvieron, agarraban las
cosas; eran hombres buenos y hermosos y su figura era figura de varón.
Fueron dotados de inteligencia; vieron y al punto se extendió su vista,
alcanzaron a ver, alcanzaron a conocer todo lo que hay en el mundo.
Cuando miraban, al instante veían a su alrededor y contemplaban en
torno a ellos la bóveda del cielo y la faz redonda de la tierra. Las cosas
ocultas [por la distancia] las veían todas, sin tener primero que
moverse; en seguida veían el mundo y asimismo desde el lugar donde
estaban lo veían.
Grande era su sabiduría; su vista llegaba hasta los bosques, las rocas,
los lagos, los mares, las montañas y los valles. En verdad eran hombres
admirables Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam.
Entonces les preguntaron el Creador y el Formador : -- ¿Que pensáis de
vuestro estado? ¿No miráis. ¿No oís? ¿No son buenos vuestro lenguaje y
vuestra manera de andar? ¡Mirad, pues! ¡Contemplad el mundo, ved si
aparecen las montañas y los valles! ¡Probad, pues, a ver!, les dijeron.
Y en seguida acabaron de ver cuanto había en el mundo. Luego dieron
las gracias al Creador y al Formador : -- ¡En verdad os damos gracias
dos y tres veces! Hemos sido creados, se nos ha dado una boca y una
cara, hablamos, oímos, pensamos y andamos; sentimos perfectamente y
conocemos lo que está lejos y lo que está cerca. Vemos también lo
grande y lo pequeño en el cielo y en la tierra. Os damos gracias, pues,
por habernos creado, ¡oh Creador y Formador!, por habernos dado el
ser, ¡oh abuela nuestra! ¡Oh nuestro abuelo!, dijeron dando las gracias
por su creación y formación.
Acabaron de conocerlo todo y examinaron los cuatro rincones y los
cuatro puntos de la bóveda del cielo y de la faz de la tierra.
Pero el Creador y el Formador no oyeron esto con gusto. -- No está bien
lo que dicen nuestras criaturas, nuestras obras; todo lo saben, lo
grande y lo pequeño --dijeron. Y así celebraron consejo nuevamente los
Progenitores : -- ¿Qué haremos ahora con ellos? ¡Que su vista sólo
alcance a lo que está cerca, que sólo vean un poco de la faz de la tierra!
No está bien lo que dicen. ¿Acaso no son por su naturaleza simples
criaturas y hechuras [nuestras]? ¿Han de ser ellos también dioses? ¿Y
si no procrean y se multiplican cuando amanezca, cuando salga el sol?
¿Y si no se propagan? -- Así dijeron.
-- Refrenemos un poco sus deseos, pues no está bien lo que vemos. ¿Por
ventura se han de igualar ellos a nosotros, sus autores, que podemos
abarcar grandes distancias, que lo sabemos y vemos todo?
Esto dijeron el Corazón del Cielo, Huracán, Chipi-Caculhá, Raxá-
Caculhá, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, Ixpiyacoc, Ixmucané, el
Creador y el Formador. Así hablaron y en seguida cambiaron la
naturaleza de sus obras, de sus criaturas.
Entonces el Corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos, los
cuales se empañaron como cuando se sopla sobre la luna de un espejo.
Sus ojos se velaron y sólo pudieron ver lo que estaba cerca, sólo esto
era claro para ellos.
Así fue destruida su sabiduría y todos los conocimientos de los cuatro
hombres, origen y principio [de la raza quiché].
Así fueron creados y formados nuestros abuelos, nuestros padres, por
el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra.
jueves, 6 de octubre de 2016
SILENCIO DE NEÓN
Silencio de neón
Lina María Pérez
La excesiva sonrisa del
hombre Marlboro lo embistió. No había manera de evadirla. La valla publicitaria
ocupaba su espacio visible. Y lo invadió la mirada arrogante y segura del
fumador. La sentía dirigida sólo a él en ese juego íntimo y morboso con las fotografías
callejeras con las que acostumbraba distraerse; reconocía el truco visual a
medida que se movía lentamente en el denso tráfico. Cómo le molestaba ese
invulnerable aplomo del hombre retratado. Y esas praderas de ensueño por las
que cabalgaba en su ámbito de mentiras e invitaba a saborear el placer del
mundo Marlboro. La parálisis en la vía sería de unos veinte minutos en completa
quietud. Otras veces estaba mejor dispuesto para enfrentarlo, pero hoy no.
Había calculado cada palabra, cada gesto para que las cosas salieran según lo
planeado.
Apagó el auto y se rindió ante
la ofensiva altanera y forzosa del cartel.
Decidió desafiar al hombre que
desde sus dos dimensiones planas lo seguía observando. Es sólo una fotografía,
se dijo, es nadie, no lo conozco, no tiene nombre, y si lo tiene, no es el de
Fabricio Marroquín. Continúe Usted, señor Marlboro, fume todo lo que quiera,
no, gracias, yo no fumo; y mire Usted, esta caótica ciudad, nada tiene en común
con sus praderas mentirosas y su cielo azul. Y esa sonrisa de bobo no logra
conmoverme, y su ceño arrogante a lo far west no me afecta. A ver, porque,
quién es Usted para meterse en mi mundo que sí es real? En su paisaje ilusorio
no existen reglas distintas a las de su perspectiva plana en la que el sol brilla
24 horas, y en ella, su espíritu también plano, no tiene alternativa diferente
a la de continuar sin alteración la misión de persuadir el lento suicidio vía
Marlboro.
-No me prestas atención,
Fabricio. -rezongó Adelaida.- Te hablaba sobre la agenda apretada que me espera
en San Pedro.
Fabricio había estado
escuchándola aburrido hasta que una tregua de la monótona verborrea le permitió
olvidarla del todo para distraerse con la valla publicitaria. El impacto de la
voz de su esposa interrumpió su diálogo con el fantoche del cigarrillo y
retornó a su propio paisaje desolado.
Enfrentó a la mujer; con ella
había compartido apaciblemente los últimos once años. Tenía planeado emplear el
trayecto entre su casa y el aeropuerto para confesarle su amor por Meliana. Se
había llenado de coraje pero la arrogancia del hombre Marlboro frustró su
cometido y se le trastabillaron las palabras. Le pidió un divorcio civilizado.
La primera respuesta de
Adelaida fue un silencio radical que lo dejó desarmado frente al otro silencio,
el del fumador altivo de neón. Las facciones de su mujer parecían de cera pero
su temple no se desmoronó.
Después de unos minutos sin
fin, repitió en un eco tardío: -Un divorcio civilizado...
-Adelaida, esto no es fácil
para mí... Las cosas se dieron a pesar de... -La pradera y el cielo azul del
anuncio que escondía la congestión urbana no aliviaron su desasosiego. El
temple de su esposa lo desarmó.
Hubiera preferido calmar su
llanto a claudicar ante su gesto arrogante con el que pretendía salvaguardar
esa cosa inasible llamada dignidad. También habría soportado una diatriba sobre
la infidelidad, el engaño, la desolación. Pero Adelaida no es esa clase de
mujeres que se conduelen con facilidad. Él lo sabía sin ambages.
-Esas cosas suceden.- El tono
era evidentemente cínico pero mesurado.
-No hay lugar para rencores ni
recriminaciones.- A Fabricio le incomodó esa compostura. La alusión a los
acuerdos legales no pareció alterarla. Y hasta agradeció que se lo contara, que
su prima Meliana era así, algo desvergonzada, como la mayoría de los jóvenes;
le aseguró no ser de las que se dejan acorralar por los celos. -Al fin y al
cabo los matrimonios cumplen sus ciclos.- Se impuso de nuevo el silencio.
Fabricio pensó que no tenía razón para asombrarse. Adelaida era así. De una
pieza, sin sentimentalismos.
Se sintió indefenso ante la reacción
de su mujer pero ya había pasado lo peor, pronto estaría liberado de sus
aprehensiones, y con Adelaida en San Pedro, la disolución de su vínculo tomaría
un curso legal rutinario.
Reanudó la marcha del auto
dejando atrás al presumido del cigarrillo con sus volutas estáticas.
De regreso a su casa desde el
aeropuerto quedó atrapado en el intenso tráfico de las seis de la tarde. No
experimentó contrariedad sino alivio.
Podía reflexionar,
desembarazarse de la desazón. Y entonces la vio más insinuante que otros días.
Iluminada de neón, semidesnuda y voluptuosa, la mujer del aviso enorme de Johny
Walker le ofreció un vaso de whisky. Y no sólo quiso aceptarlo, sino meterse en
ese espacio creado para ella, acariciarla, besarla, llamarla con un nombre que
no fuera el de Adelaida ni el de Meliana. Confesarle su deseo de quedarse para
siempre con ella en esa realidad de dos dimensiones en la que podría, una y
otra vez, recibirle el vaso de cristal; tal vez embriagarse con ella, amarla
sin reservas y apropiarse de esa sonrisa de estudio de fotografía. A ella no
tendría que mentirle, ni esconderse, ni hacer promesas que estuvieran más allá
de sus prejuicios, de sus miedos. Le hablaría sobre la encrucijada que hasta
ese momento lo condenó a poner a prueba su temple con el atropello de
incertidumbres y certezas, deleites y temores. Aunque pareciera una boba de
pasarela, ella sí comprendería que había sido educado para un compromiso
matrimonial vitalicio. Desde la aparición de Meliana, todas sus convicciones,
la comodidad de una existencia de afectos mullidos se había venido abajo. La
bocina del automóvil detrás del suyo lo sacó de su trance y emprendió la marcha
bajo la mirada cómplice de la mujer con su vaso extendido a la nada.
Había transcurrido más de una
hora desde que dejó a su esposa en el aeropuerto y la oscuridad traía un aire
de renovadas redenciones. Dedicó un instante para pensar en Adelaida antes de
tomar la decisión de olvidarla del todo; lo irritó el recuerdo de su compostura
imperturbable con la que esperó la llamada a abordar el avión. Admiraba de ella
su inteligencia, su agudeza y una mesura inalterable para solucionarlo todo. No
tenía quejas de su mujer. En once años de apacible matrimonio nunca había
pensado en terminar su unión. Adelaida era, además, una reconocida etnóloga de
lo cual él se había sentido orgulloso.
-No olvides cerrar la
calefacción y cuidar las plantas.- Le dijo ella con tono acostumbrado. -Ah!
dejé algunos alimentos preparados y una torta de vainilla en el horno, en estos
momento resulta discordante, pero es esa de vainilla que tanto te gusta.- Y le
reiteró antes de subir al avión su deseo de terminar su matrimonio sin
adversidades. La actitud de su esposa, si bien parecía razonable, despertó en
él un sinsabor que no se disipó con la erótica fantasía de la mujer del whisky.
Y ese mismo sinsabor lo seguía perturbando cuando entró a su casa y contempló a
Meliana. Había puesto velas de aroma en la sala, copas de vino y música suave.
Conocía el repertorio de ternuras y audacias amorosas en las que siempre caía
prisionero, dulcemente prisionero.
-Por fin nos deshicimos de
ella.- Lo abrazó morbosamente después de depositar los dos platos de torta.
Ella tomó el suyo y comenzó lentamente a saborearlo. Haremos el amor como
salvajes, pero antes, brindaremos por nosotros y por una larga estadía de Adelaida
en San Pedro.- Con el plato ya casi vacío, procedió a liar un pase de polvo
blanco que él rechazó.
Fabricio dejó sin probar su
pastel. No estaba para vainillas ni éxtasis artificiales, ni las euforias
desbocadas de Meliana. Sentía una urgente necesidad de sosiego, de poner en
orden sus impresiones. Le turbaba la forma impasible con la que Adelaida
escondió cualquier asomo de aflicción. Eludió esa sospecha punzante de los
últimos meses, con la cual estaba convencido de que su esposa supo del engaño y
a su vez fingió ignorarlo. Adelaida se había marchado, disfrutaba de la
compañía de Meliana y ya no había motivo para afligirse.
Meliana se sumía lentamente en
su mundo narcotizado. Insinuó una sonrisa y cerró los ojos un tanto vidriosos.
Se entregó a una placidez indefinible y con movimientos lerdos acomodó su
amodorrado cuerpo en posición fetal.
Fabricio la observó arrobado y
le pareció conveniente aplazar el sexo.
Desde su primer encuentro,
cinco meses atrás, tuvo que soportar, a su pesar, sus rutinas cuando consumía
cocaína. De un lánguido tono de voz salían frases deshilvanadas... la prima
sosa ya no estorbará..., San Pedro es una ciudad para exilados... Mientras
Meliana se sumía en el letargo causado por el soporífero, Fabricio recordó
aquel martes de abril, cuando ella se metió sin remedio en su vida.
-No la quiero aquí por muy
prima tuya.- Alcanzó a decirle a su mujer con la esperanza de escapar de los
estragos causados por el primer impacto de su apariencia desparpajada.- No
parece una mujer desvalida como para no quedarse en un hotel.
-Es sólo por unos días. Cuando
termine el documental regresará a Camino del Mar. Se harán buenos amigos y un
pequeño cambio en nuestras vidas nos hará bien.- Insistió Adelaida.
Esa noche, de aquél martes, de
aquel abril, a la hora de la comida, Fabricio ya estaba profundamente cautivado
por ella; se sintió dominado por un flechazo certero y letal como si en su
aliento, en sus gestos, viniera enredada una maldición. La intensidad de la
fascinación por Meliana convirtió a su esposa en un ser invisible, un fantasma
menor. Su desenvoltura fresca y jovial era una briosa cascada de voz y piel y
olor y palabras y señales voluptuosas que conmocionaron su mundo estrecho y
monógamo.
-El documental está casi
terminado.- Meliana le hablaba a Fabricio clavándole los ojos. -Sólo falta
reunir material con entrevistas de consumidores callejeros de droga.
Pretendemos sumarlo a las campañas para derrotar el flagelo de los narcóticos;
me refiero, para aquellos que constituye un flagelo.- Sus palabras quemantes lo
devoraban al igual que su mirada descarada y que un Fabricio indefenso
correspondía en medio del eco de las historias de Adelaida sobre rituales y
leyendas de comunidades primitivas. Ya para ese momento, sus ideas sobre la
fidelidad se vinieron abajo.
Adelaida era una mujer a la
que no se podía engañar. Su entereza de carácter le daba una férrea fortaleza.
Alardeaba que los matrimonios son acuerdos de conveniencias en los que sus
socios deben desempeñarse sin ahogos ni concesiones sentimentales. Pero detrás
de esa Adelaida, Fabricio percibía a una mujer vulnerable y profundamente
dependiente del afecto y del vínculo sexual que la colmaban de satisfacciones.
Sin embargo era una mujer de concepciones liberadas y su contacto con culturas
alejadas de ortodoxias y convenciones había desarrollado en ella un sentido
práctico y un tanto primario para resolver sus asuntos de acuerdo con sus
impulsos.
Al día siguiente de su
llegada, Meliana lo abordó sin reservas y lo acorraló con su sexo desaforado y
un pase de coca. Para su sorpresa, él la retribuyó sin recurrir al atajo de
ningún escrúpulo. Aceptó el polvo blanco y se dejó llevar por un apacible
sopor.
-Te creí abanderada de la
lucha contra las drogas. He sido muy cauteloso. Hace algunos años experimenté
la coca pero no me atrapó.- Era su voz insegura. Se sentía extraño, trenzado a
las piernas de una mujer que no era Adelaida, sobre el piso de alfombra de su
propia sala y metido en una piel que no parecía la de él. Lo asustaba el
sortilegio que emanaba del vigor de Meliana y de los efectos de la droga; poco
a poco, de la mano de la joven, se dejó llevar por la placidez ficticia y cayó
en un embotamiento con el que mandó al demonio la voluntad y los prejuicios.
-Abanderada de nada que no me
produzca gozo. Y de aquí en adelante de tus cautelas, de esas con las que te
pones la máscara de marido modelo de la prima Adelaida.- Sus palabras
desparpajadas evidenciaron a Fabricio una osadía que hirió de muerte su
razonable estabilidad matrimonial.
Y entonces comenzó el caos. Lo
que inicialmente pareció una aventura pasajera se fue convirtiendo en un
sentimiento delicioso y a la vez tormentoso, desmesurado, dentro del cual, y
durante lentos cinco meses, Fabricio se dejó conducir en un remolino de locura.
Su existencia, hasta ahora ordenada por la comodidad de sus costumbres se vino
abajo. Regresaba a la casa a los pocos minutos de salir para encontrarse con
Meliana, o acudía a citas a las horas menos posibles y en lugares a los que
nunca hubiera imaginado ir. Su trabajo en el despacho de abogados marchaba a la
deriva.
Fabricio Marroquín ejercía de
penalista con un prestigio reconocido. Se preciaba de tener un instinto certero
que le permitía analizar las motivaciones de sus defendidos para cometer los
crímenes más execrables. Y creía tener todas las respuestas sobre la conducta
humana. Por eso no comprendía las razones de la pérdida de su serenidad. Los
apremios para corresponder la voracidad de Meliana y las acrobacias falaces con
las que soportaba la indescifrable inocencia de Adelaida le generaban una
incertidumbre cada vez más difícil de dominar. Estaba acorralado entre las dos
mujeres.
Meliana lo conminaba a dejar a
su esposa. Lo atemorizaban sus fluctuantes estados de ánimo. Los efectos de la
droga la convertían en presa de los más terroríficos sentimientos. Meliana
tenía la convicción de que su prima no era tonta como para no percatarse del
engaño. Con perversidad se vanagloriaba de ello. Subestimaba las actitudes de
Adelaida. Su marido se desvanecía en el mismo aire que ella respiraba y no
reaccionaba. Fabricio compartía esa inquietud pero no la alimentaba. Quería
creer que nunca serían descubiertos. En Meliana, la obstinación de sus impulsos
podía tomar cauces difíciles de prever. Fabricio la tranquilizaba con la
promesa de que al regreso de Adelaida de su viaje a San Pedro, él enfrentaría
los asuntos legales y regularizarían su relación. Ella lo escuchaba escéptica
mientras inhalaba con propiedad y sin reservas el polvo blanco.
-No nos esconderemos más y no tendrás
que recurrir a eso... se oyen cosas a cerca de la dependencia, sobredosis, y
los problemas para obtenerla...
-Ni lo uno ni lo otro. Eso es
para los pobres diablos. Mi trabajo me brinda los contactos en el momento y la
cantidad necesarios...
Todo en ella era desmesurado,
imprevisible, atrevido. Su modo de existir, de ser mujer, de abordarlo, de
sacarlo de su estrecha vida reglamentada por el color de sus corbatas, las
noticias de ocho a nueve, su tarjeta de crédito y la apacible compañía de
Adelaida. Meliana volvió su mundo al revés. Renovado como hombre había
reencontrado matices insospechados del amor. Su proceder contrastaba con la
extremada cautela con la que actuaba frente a Adelaida. Debía ser a sus ojos,
el marido corriente sin dejar notar la perturbación de la presencia de Meliana.
La estadía de la joven se
prolongaba por retardos en el documental, fáciles de justificar. Pero la
convivencia con las dos mujeres se convirtió para Fabricio en un pequeño
infierno, una prolongación del que llevaba por dentro. Acaso simulaba Adelaida
no haber descubierto el engaño? Preparaba una venganza? Quizás Meliana, en
medio de su pertinaz obsesión lo utilizaba como un capricho pasajero y al cabo
del tiempo terminaría abandonándolo? Las dudas que lo atormentaban cedían al
ver la capacidad de Meliana de simular ante Adelaida y la manera como las dos
mujeres se entregaban a una estrecha camaradería hasta ignorarlo a él por
completo. En los momentos de pasión, Fabricio y Meliana se amaban sin reservas
en un diálogo impetuoso de cuerpos. Así confirmaba la evidencia de su mutuo
sentimiento posesivo que en medio de sus dudas le resultaba genuino.
Fabricio estaba en medio de
dos mujeres decididas de las que se podía esperar cualquier cosa. Optó por la
salida de Meliana de la casa. Adelaida lo aceptó sin insistir e hizo prometer a
su prima que vendría a visitarlos a menudo. Al contrario de lo que supuso,
Meliana arreció su terca idea de retirar a Adelaida de en medio. Fabricio, a
los ojos de ella, mostraba una actitud apocada y lo creía incapaz de romper con
su mujer.
Volvió a la realidad cuando se
felicitó porque había mandado al diablo once años de matrimonio. Observó a
Meliana pálida y completamente desgonzada en su sueño narcotizado. La vio dócil
e indefensa en una imagen contraria al vigor de su ánimo siempre impulsivo. La
arropó con una manta y salió a tomar el aire nocturno satisfecho con el rumbo
sosegado que vislumbraba para su vida. Adelaida, sin haberlo recriminado estaba
en San Pedro y la mujer que amaba, en la sala de su casa. Un aperitivo lo
entonaría y daría tiempo a que Meliana se recuperara del trance.
Pidió una copa de Brandy en El
Cerrejón, el café acogedor que había dejado de frecuentar. Calculó su regreso
para cuando Meliana despertara.
Imaginó su reacción
desparpajada y feliz al contarle que el rompimiento con Adelaida había
resultado más fácil de lo que pensaron. Se proponía una lucha sutil contra la
dependencia de Meliana hacia la droga. Mañana mismo podría inscribirla en una
clínica de toxicología.
La estabilidad y el sosiego que preveía para sus
relaciones le darían las razones a ella para aceptar someterse al tratamiento.
Se habían acentuado sus temores sobre la conducta de la joven. Lo asustaban sus
cambios de ánimo, sus ideas fijas y sobretodo, la euforia con la que desplegaba
sus sentimientos; si bien lo hechizaba, no dejaba de suscitarle una prevención
aún indefinible.
Con el alivio quemante del
brandy pensó en la noche anterior cuando tuvo a las dos mujeres a disposición
de sus impresiones. Las midió con intensidad dejando de lado el embrollo que
embotaba la razón. Se vio a sí mismo como un necio carente de fundamentos para
sus dudas y temores. Su esposa cocinó con usual esmero. Para Adelaida el arte
culinario debía desempeñarse como un ritual. Muchas veces él se deleitó con sus
argumentos sobre la relación entre los actos humanos y el significado de los
alimentos, y cómo, a través de ellos existe una especie de catarsis, o de
purificación según el caso. La fluidez con la que su mujer se ocupó en la preparación
de la cena, espantó sus dudas y le dio la confianza para proponerle el divorcio
camino del aeropuerto al día siguiente.
La conducta de Meliana también
lo tranquilizó. La joven alardeó de un talante gozoso, festivo; parecía genuino
y no estimulado por los narcóticos.
Para Fabricio fue una señal
inequívoca de que las cosas se encaminaban a su favor. El viaje de Adelaida
significaba para Meliana la posesión absoluta de Fabricio, y esto exaltaba el
ánimo de Meliana. Estaba resplandeciente. Muy solícita se obstinó en ayudar a
empacar el equipaje de Adelaida; iba y venía muy jovial, entre el alcánzame la
vainilla y no olvides poner la bufanda para el frío de San Pedro de Adelaida.
Con la cálida sensación
relajante del brandy recordó una cena sin tropiezos. Meliana incitó a su prima
a desplegar su sabiduría sobre culturas primitivas, y ésta, con un sobrado tono
académico, habló de ritos y costumbres. Mientras Fabricio y Meliana
intercambiaban miradas, Adelaida enfatizaba sobre hábitos de algunos aborígenes
del Pacífico que resuelven sus dificultades con una justicia personal para
vengar el honor perdido o los ultrajes a la dignidad.
-Es una especie de maleficio
con el cual el ofendido ejerce el derecho de imponer un castigo al culpable del
agravio y sin ningún límite para procurar el mayor mal... Es una forma de
legitimar la perversidad...
- Entonces brindemos por el
maleficio y por el aire saludable de San Pedro! - Le interrumpió Meliana con
una desvergonzada carcajada, a la cual se sumaron Fabricio y Adelaida. Estaban
pasados de copas. Fabricio las observó aliviado. Al día siguiente, a la misma
hora, habría resuelto sus perturbaciones e iniciaría una nueva vida con
Meliana.
Camino a casa se dejó llevar
por una grata sensación de serenidad que lo llenó de voluptuosidad y lo dispuso
para el deleite del amor de Meliana.
Fabricio apuró el paso en un
estado de evidente excitación. Se detuvo un instante ante el lejano resplandor
del hombre Marlboro y de la mujer del Johny Walker, sus asiduos interlocutores
nocturnos. Le pareció como si cada uno lo señalara con su silencio de neón. Era
mejor ignorarlos. Tenía la convicción de ser un triunfador y no se iba a dejar
intimidar. Les dio la espalda, apuró sus pasos y empuñó las llaves de la
puerta.
----------- La autopsia de
Meliana certificó muerte por sobredosis. Fabricio confundido y con un
escalofrío que se extendió por todo su cuerpo observó la sala vacía. Los
rastros de las velas a medio consumir lo conmovieron. Unas horas atrás, todavía
entonado por el brandy del El Cerrejón vio cómo se llevaron de allí el cadáver
de Meliana. En el mismo lugar reposaba la manta solitaria con la que cubrió,
sin sospechar, el cuerpo moribundo. La luz del día lo enfrentó a un desasosiego
insoportable. Dejó sonar el teléfono hasta que decidió contestar.
-Habla el comisario Gamboa de
la ciudad de San Pedro.- La voz es fría e imperiosa.- Su esposa, Adelaida de
Marroquín está detenida por un delito, un grave delito, contra el estatuto de
estupefacientes... Me escucha, Señor Marroquín? -Le escucho.- Responde con
dificultad un Fabricio aterrorizado. Llevaba horas sin pensar en la ausencia de
su mujer.
-Cinco kilos de cocaína pura
entre su equipaje...- El énfasis morboso no da lugar a dudas.- Según las
normas, ella tiene derecho a hablar sin testigos. Son tres minutos
reglamentarios.
-Fabricio...- La voz de
Adelaida suena apagada pero resuelta. -Lo supe desde un principio. Era difícil
no notarlo. Se salieron con la suya. Una artimaña perversa pero impecable...
los felicito. Meliana se dio su maña para empacar mi equipaje... De acuerdo con
el abogado, son alrededor de diez años...
-Meliana ya no está.- Dice
Fabricio más para sí mismo con el dolor de pronunciar su nombre.- Durante la
noche murió de sobredosis....
- Sobredosis? Adelaida,
descompone las palabras en sílabas claras y rotundas que lo aterrorizan.- De
vainilla y curare, Fabricio. Un veneno sabio. No deja huellas. Se mimetiza, con
la coca, con la vainilla, con el vino...., con la sangre...- Su voz triunfante
y depravada añade: -El maleficio, recuerdas?... es el castigo... hay daños que
no tienen perdón...
Fabricio se cobija con la
manta. El pánico comienza a tener un amargo sabor a brandy trasnochado.
Lina María Pérez Gaviria nació
en Bogotá en el 49 y es Licenciada en Filosofía y Letras. Ganó Segundo Premio
en el Concurso de Cuento del Distrito de Bogotá y la Corporación de Teatro, en
1994 y el Segundo Premio del IV Concurso de Cuento de la Universidad Cooperativa
de Colombia, 1995. Finalista del XII Concurso de Cuento Ciudad de
Barrancabermeja, 1997-------Lina María Pérez. Cuarta vez que Colombia gana en
el Rulfo.
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